No el tallo
ni la flor,
sino la tierra.
No la mañana
ni la aurora,
sino la oscuridad.
No el tañer
ni la fiesta,
sino el suspiro.
No el mar
ni el horizonte,
sino la agonía.
Aplacada la muerte,
habrá de encenderse
la luz perfecta
del re-encuentro.
sábado, 6 de junio de 2009
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