¿Recuerdas aquella antigua película que vimos esa tarde de domingo?... ¿Cuántas veces repetí que me encanta tu sonrisa?... Y, entonces, me devanaba los sesos tratando de inventar un disparate tras otro, con el único propósito de provocar aunque fuera la más sutil de tus sonrisas. Y aunque no pretendió ser un chiste, qué hermosamente te sonreíste cuando repetí ese cursi piropo copiado de Jorge Mistral en su despedida de amor. Tu sonrisa iluminó la tarde y yo me estremecí diciéndote: “Repetiré tu nombre hasta que se me seque la lengua”. Y hoy, sea mañana, tarde o madrugada, me sorprendo pronunciando, como un eterno mantra, tu bellísimo nombre.
domingo, 19 de julio de 2009
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