Playas sin sol, flores en trizas,
va mi corazón callado y triste,
recogiendo de a pocos las cenizas
de aquel amanecer en que te fuiste.
A la fuerza, a mí me trajeron
a esta extraña y oscura región;
y con mano cruel me pusieron
una brasa en el corazón.
Nada me alegra ya, nada me dicen
los árboles, los ríos o las rosas;
sólo un profundo dolor persiste
en mi marcha dura y fatigosa.
Y, sin embargo, guardo un consuelo
que cualquier pena hace nada:
al cabo de mi vida iré hasta el cielo
a poseer para siempre tu cuerpo de hada.
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