Ven nuevamente, mujer mía, a nuestra casa; llénala de claveles multicolor y déjame que prenda en el vuelo de tu falda las más preciosas gemas para que añadan música a tus pasos de reina.
Y luego, ven a sentarte a mi costado y dispongámonos a elevar, en silencio y con las manos juntas, nuestras miradas hacia Dios.
Y luego, ven a sentarte a mi costado y dispongámonos a elevar, en silencio y con las manos juntas, nuestras miradas hacia Dios.
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